2019

Sociedades libres (SL)

Un portal sobre el proceso secesionista seguido en Cataluña por sus dirigentes políticos

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Ley y Democracia
Román Langosto

En días pasados oímos frases y declaraciones de los golpistas presos que nos dan, bien a las claras, la concepción de un pensamiento de marcada y sospechosa tendencia. Imaginen qué argumento: la democracia es anterior a la ley o la democracia está por encima de la ley.

Cualquier revolucionario podría abrazar tales sentencias, pero el fascista precisamente es el que no olvida los dos parámetros clave: democracia y ley.

Por democracia entiende, no el ejercicio de un derecho constitucional, sino la implantación del criterio de la mayoría construido en base a manifestaciones más o menos asamblearias o tumultuosas. No hay, naturalmente, rigor en el control de las multitudes ni medida que justifique las posiciones asamblearias de cada cual.

A partir de ese punto, que emerge de la nada, pues el tiempo anterior no existe, el fascista se arroga el también falso mandato popular. Desde ahí es posible la construcción de un escalón político nuevo, el Estado, y el nuevo Estado lo ocupa todo, pues nada queda fuera, como aseguraba Mussolini.

Posteriormente, el Estado ya creado genera la ley que, por supuesto, se adapta sin falta ni error al precepto anterior. Ha sido, en consecuencia, la voluntad popular la que ha dado vida a la ley y esas leyes se consolidarán de acuerdo con el mandato popular. Un circuito cerrado. La construcción del Estado viene dada por la multitud, por la asamblea y por una participación aleatoria y circunstancial en la toma de decisiones.

Semejante sofisma esconde el supuesto anhelo, al parecer reprimido por leyes injustas, de tener leyes racionales, a saber, de acuerdo a lo que la mayoría dicta. De este modo, queda patente que la democracia ha sido anterior a la ley y que la democracia está por encima de la ley.

Ahora bien, recuerde el lector lo que se oyó tras el fin de la dictadura franquista, de la ley a la ley. Nadie pensó en escenarios adanistas, esto es, en empezar de cero y en hacer caso a las ansias de las multitudes. ¿Y, por qué? Pues porque cualquier democracia ha de estar fundamentada en requisitos legales, que son los que legitiman y dan pie al cumplimiento universal de sus principios. Este asunto está perfectamente recogido en textos clásicos desde hace siglos, en Cicerón por ejemplo, que con tales preceptos entendía que estaba creando una sólida barrera contra la dictadura.

No existe la democracia antes que la ley, ni aquella está por encima de esta, salvo que se prefiera la selva o el fascismo.

Barcelona, 03/04/2019

Román Langosto

 

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