2018

Sociedades libres (SL)

Un portal sobre el proceso secesionista seguido en Cataluña por sus dirigentes políticos

Traducción al alemán, catalán e inglés

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Carteles, símbolos y "estelades" en el imaginario separatista catalán
Román Langosto

Desde que se inició el procés, ha proliferado por el territorio catalán toda una cartelería reivindicativa de cuya capacidad inventiva no cabe dudar. Semejante despliegue hace pensar en la construcción de un imaginario plagado de fantasía, pero también de una cierta originalidad.

Acaso, uno de los momentos álgidos de semejante propaganda haya sido la aparición de la bandera multicolor de gais, lesbianas, transexuales y bisexuales con una estrella en el ángulo. Con el propósito de hacer que personas afectas a tales posiciones se adhieran a los postulados separatistas, el imaginario secesionista ladeó su propia bandera para exhibir la de los otros, eso sí, añadiendo la estrella, o sea, con marca de catalanidad. Lástima que tal originalidad llegue tarde porque en España es perfectamente posible el matrimonio homosexual y están en camino leyes que eviten la discriminación de tales colectivos. Sin embargo, afán no falta.

Históricamente, el separatismo quiso ser transversal y alzó bandera con la izquierda, y consiguió la afección de muchos: se recordará aquellos años del PSUC, del MCC y de la LCR, partidos pegados al último coletazo comunista —ya sea de corte trotskista o de color estalinista— que, no obstante, exigían credencial de catalanidad para figurar entre sus estruendosos adláteres.

También, y como siempre ha querido ser un movimiento y enrolar a la mayor parte de gente posible, el secesionismo, ya fuera en su momento blando o en sus relámpagos más duros, supo adherir a la derecha, la derecha de sardana y tortell de reis y la más moderna, la de los banqueros.

Luego está el centro, o sea, ese PSC que llegaba siempre tarde, el de los guapos de la parte alta de Barcelona que seducían al proletariado de las zonas más abigarradas y más obreronas, tipo Santa Coloma, Badalona, San Adrián, El Prat u Hospitalet, con un discurso trufado de igualdad, fraternidad e inmersión lingüística, ese oxímoron. Nada más hace falta leer a Marsé con un poquito de mala uva en Últimas tardes con Teresa para entender el juego de los socialistas: entusiasmados al conocer a un obrero, al que contemplan absortos mientras el Pijoaparte se rompe de risa y recuerda que les ha mangado la moto.

Pero hablábamos de cartelería. Hace años, solo una mesa petitoria en la cabecera de Ramblas, en Canaletes, exhibía la estelada. Era el mostrador de Estat Català, aquel grupo paramilitar que desfiló por Montjuïc en tiempos del Frente Popular, encuadrados en escamots verdes, pues a diferencia de los camisas negras fascistas, estos lo hacían con blusón verde, originalidad del coronel Macià. Años después, aquellos viejecillos que todavía sostenían su estandarte se han visto superados por las masas lanzadas por el procés.

Luego viene el renglón torcido de las asociaciones radicales. Véase que su nomenclatura eleva a duda su propia dedicación: Omnium significa en latín todos, simplemente, y durante años cuidó una revista de corte catalanista donde cabía algún sesgo formativo, pues brindaba entrevistas a personalidades pseudointelectuales: escritores, pintores y otras formas de extender la ideología del secesionismo. Pero, eso sí, mantenía un perfil bajo. Otras sociedades aparentan en su nombre todavía menos beligerancia. Al fin y al cabo, una asamblea no es más que un grupo de gente que se reúne con un fin más o menos definido, y lo de nacional parece ser marca imposible de erradicar en Cataluña, todo es nacional, hasta la leche, que es nostra.

Sin embargo, la eclosión del huevo viene de aquellas palabras que un político lanzó una noche electoral. Todo se inflamó y donde antes hubo sentimiento y 3 % se vio pasión, y donde antes las gentes se lanzaban a por un descuento de escasos céntimos, ahora esas mismas gentes eran capaces de convenir la salida de la Unión Europea por conseguir sus ideales. Y donde antes se luchaba por una ganga de algunos euros en las rebajas, ahora se dejaban ir 4 000 empresas fuera de la comunidad, se alicortaba el sentimiento ante la caída del turismo y se hacía oídos sordos a las cuentas espejo, esas que muchos catalanes han abierto fuera de Cataluña para resguardar sus ahorrillos a despecho de posibles arrebatos.

Y, mientras tanto, los balcones de las gentes procesistas se llenan de cartelería: blancos, amarillos, verdes, rojos, todos con un SÍ en un círculo. Y estelades y rótulos con parabienes de un futuro rayano con la Tierra Prometida que Dios ratificó a los judíos en el desierto. Y, mientras tanto, la fuerza de la masa, esa imagen mil veces estudiada de las masas cuando pierden la personalidad de los individuos y actúan sin miedo, cohesionadas en un grito orgiástico y desenfrenado.

El pueblo, esa palabra maldita, carente de significado, pero que define a la masa. La masa es el pueblo lo mismo que el pueblo reunido en abierta comunión es la masa. Valiente adulteración. Todo ello sería simplemente un elemento de origen y fin órfico sino fuera muy serio. Después de lo que hemos visto y hemos estudiado (quien lo ha hecho, por supuesto) acerca de los movimientos de masas en el siglo XX, ¿puede creerse el menor postulado? Pues, ellos, la masa, sí.

Tuvieron un referéndum, o eso creen, y de ahí surge un mandato popular, la masa manda, y siguiendo tal orden, navegan. Como tales asertos se ven cercados por la justicia, al fin y al cabo, saben perfectamente que cometieron una infinidad de crímenes, delitos e infamias, no es el menor el haber lanzado a esas mismas masas a votar en un acto ilegal sancionado jurídicamente. Pero navegan nada más con las velas, hundido ya el casco. Esas velas son la cartelería que cuelgan por balcones y otros edificios, y que quieren que los elegetebé también sigan. Pero, ay, esos ya se han casado.

Barcelona, 06/11/2018

Román Langosto

 

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