2018

Sociedades libres (SL)

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Aldous Huxley contra el nacionalismo
Román Langosto

Hace pocas fechas, la editorial barcelonesa Página Indómita publicó unas conferencias que Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz (1932), dictó en la Universidad de California durante el año 1959. Ese año, Huxley, cuatro antes de su muerte, era un escritor con mucho recorrido. No sólo había sido un visionario en 1932, sino que había perdido cualquier sombra de inocencia durante la II Guerra Mundial y en buena parte de la Guerra Fría con la sumisión de Polonia, la República Democrática Alemana, Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia, etc., a la férula soviética. Aquel mundo feliz que presagió años atrás se había materializado en las repúblicas socialistas, en el paraíso de los trabajadores y en el cielo del proletariado, en cuya cúspide gravitaba el KGB, la Stasi, etc.,

Años después pronunció las conferencias que presentamos. Huxley, experimentado y conocedor de lo que explica, asegura taxativamente que el nacionalismo es la guerra. Tal afirmación se sustenta en unas cuantas directrices que conviene exponer. Por ejemplo, dice Huxley que creer que la nación es Dios es un error tan grotesco como lo era la creencia de que el sol moriría si no lo abastecían de víctimas. Semejante aseveración se mantiene sobre un trasfondo irreligioso no del todo extinguido: las víctimas que han de agradar a ese dios nacionalista no son otras que aquellas que están fuera del círculo sagrado de la nación, o sea, aquellos que no participan de la supuesta creencia arriba descrita.

Semejante aserto ha sido repetido recientemente por algunas personalidades cuya trayectoria es prominente. Valga el ejemplo, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea. El político luxemburgués aseguró, sin mayores ambages, que el nacionalismo es la guerra.
También François Mitterrand había usado el 17 de noviembre de 1995 idéntica cláusula en su discurso en el Parlamento europeo: Mesdames et Messieurs: le nationalisme, c'est la guerre! La guerre ce n'est pas seulement le passé, cela peut être notre avenir, et c'est vous, Mesdames et Messieurs les députés, qui êtes désormais les gardiens de notre paix, de notre sécurité et de cet avenir!

Obviamente, tanto Mitterrand como Juncker saben de lo que hablan. Las guerras europeas recientes no han sido otra cosa que consecuencias de los nacionalismos, cuyo fin era la construcción de un ente nacional por encima de las personas, sus bienes y sus vidas. Además, seguramente desde la guerra de Napoleón III contra Prusia, todas las conflagraciones acaecidas en el viejo continente han sido por causa de aspiraciones nacionalistas. En este punto no hace falta ni recordar las guerras balcánicas, ni las viejas ni las cercanas, por razones de obviedad. Por otra parte, y acercándonos al momento presente, hemos visto hace bien poco las directrices dadas por un dirigente nacionalista catalán a sus flamantes muchachos, no muy distantes de una organización paramilitar.

En ese orden de cosas, Aldous Huxley dijo en las conferencias que citamos que una nación es una sociedad que posee los medios para librar una guerra. Si tal afirmación es correcta, construir una nación pasa, en consecuencia, por un elemento preponderante, erigir una fuerza ofensiva. Esto es, construir una nación es edificar un plano de superioridad frente a los territorios adyacentes. Semejante proyecto esconde, claro está, los más básicos elementos de la guerra: destrucción, muerte y sufrimiento, pero adquiere para los nacionalistas la inigualable posibilidad de verse en un horizonte de supremacía: aquí estoy yo y estos son mis poderes. El nacionalista, por tanto, no ha creado un ejército defensivo, a la par que los estados anteriores (y cuya nomenclatura en Europa se ha consolidado y es común), sino ofensivo. Algo muy distinto. Tal programa, y está entre las aseveraciones de Huxley, conduce inexorablemente a la desolación. El nacionalismo no busca, por tanto, la felicidad de las gentes, ni la libertad o la mejora social, busca su afirmación como precursor de una nación.

Graves palabras que no dejan huella en la sensibilidad nacionalista, absorbida por la orgía moral de las masas obedientes, incapaces de emitir el menor juicio disidente, pero dado que la experiencia ha de servir para atajar tal estado de cosas, sería correcto actuar a tiempo y no dejar que la hidra, cuyas cabezas son múltiples, ahogue con su fétido aliento.

Ante tal situación, y sabiendo que los actos de violencia están próximos y hasta son un reclamo para los frenéticos, una especie de alimento que genera más ansia, los Estados han de ser implacables: actuar amparando a los ciudadanos y evitando temores e intimaciones de quienes amenazan y amedrantan, de quienes de forma continua son capaces de discriminar (caso de la lengua) o de manipular (caso de la historia), de quienes son capaces de apoderarse de los municipios, poniéndolos al servicio de su causa, y de quienes son capaces de destrozar la economía. De esos, por último, que sueñan con levantar fronteras y expulsar a quienes no comulgan con su relato.

Barcelona, 18/10/2018

Román Langosto

 

 

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